La conocía a ella, a él no. Ella fue mi compañera de la U., él fue uno de los tantos que se asoman y desaparecen de tanto en tanto. Mientras ella me contaba casi sin detalles, yo completé los vacíos de una historia que hubiese querido que fuese mía, ya sea porque sus ojos le brillaban durante el relato, ya sea porque no tengo una historia así, ya sea porque quería imaginar.
Un día él le escribió, como se escribe uno de esos tantos mensajes, nada relevante, algo casi de cajón. Quedaron en que saldrían a comer, a recordar dos décadas. Él pensó que volvería a ver ese par de piedras verdes que se sentaba en la primera fila, vestida de falda plisada gris, blusa y medias blancas, y zapatos negros. Él recordó que su aula estaba contigua, en el segundo piso. Se preguntaba si su sonrisa sería la misma.
Mientras pensaba, imaginaba, tuvo que preguntar porque su imaginación se quedó corta, no tuvo respuesta, su deseo creció. Por primera vez ella ya no era su compañera de hace dos décadas, su mirada era lasciva. Un plan fraguó, ambos serían los cómplices. Las fechas y las geografías se movieron más rápido que sus deseos.
El plan se cumplió. Juegos durante el almuerzo. Negro (aunque él quería transparente). Vino tinto. Helado de chocolate. Música de fondo para hacer el amor.
Al descubrirse se descubrieron desnudos. A él se le respondieron todas sus preguntas sin que ella diga una sola palabra, abriendo más sus piernas que su boca. En la oscuridad de las cortinas corridas él se sorprendió al ver que lo único que resaltaba en medio de la penumbra eran sus piedras verdes. Ella se envolvió en la ternura recibida, en los besos prometidos, en las caricias que recogían todo el calor que emanaba cada poro de su piel.
Él la siguió observando, no podía evitar percibir su tristeza y su soledad, su intensidad y su empuje, su piel y sus formas; y en medio de toda esa mezcla de densidades se animó a decirle con la mirada lo mismo que Mathilde le dijo a Antoine:
“…agárrame fuerte Antoine, todo lo que puedas! Aprieta tan fuerte mi pecho que no pueda respirar ! Tengo miedo que algún día no quieras bailar más conmigo.
Él la invitó a pisar tierras desconocidas, a probar, a experimentar, ella pidió tiempo. Ambos entraron a la ducha, salieron por separado.
Él pensó que esa noche no podría abrazarla, no la quedaría dejar escapar, al menos se quedaría con su perfume derramado en su almohada. Café y chocolates para el final. Cuando ella salió de la habitación y se despidieron, a él le retumbaba en la cabeza las palabras de Mathilde hechas canción:
Al final, mientras ella me lo terminó de contar, me dijo: “¿me invitas a almorzar?”. Yo aterricé de golpe. Le respondí si era para conversar sobre las dos décadas de historia, me dijo que sí, siempre que haya juegos durante el almuerzo, negro (aunque yo quería transparente), vino tinto, helado de chocolate, música de fondo para hacer el amor y un jacuzzi.







