Ni debería saludarte, aunque me quitas más atención de la que debería darte. Son tres años y ni siquiera me enviaste una postal de Isla Negra, ni un bug que corregir. Espantaste a mis vecinos y tu anonimato me huele a rancio, delatador. Has madurado pero no has envejecido. Admito que me has acompañado y me has sacado expresiones faciales. Por segunda vez me haces que dude en coserte la boca; me comeré las sobras y reciclaré lo salvable, camaleónicamente engañoso de pasar como normal.
