Abres los ojos, se te olvidó lo que soñaste, maldices al despertador, al frío de la mañana y al remolino de cobijas que juegan con tu desorientado cuerpo en medio de la cama.
Te miras al espejo solamente para corroborar que es el n-ésimo día seguido que no tienes respuestas claras a tus dudas laborales. Te dá pereza de desayunar, te echas lo que puedes al vuelo.
De camino al trabajo, sin solicitud, un pequeño pensamiento te fulmina en un instante de segundo como si fuera una aguja que se incrusta en la materia gris, pero ese recuerdo se volatiliza acabando con un monólogo silencioso que sólo tu escuchas, mientras te repites: “vaya con esta historia loca…”. Te medio-sonríes.
Llegas, saludas, divagas, lees, escribes, te sientas, te ríes.
Un café a mediamañana, “no, hoy invito yo”, una charla sobre nada importante, sobre algo sumamente importante. Un café que ya está en tu panza.
De regreso, sin mucho por hacer, una tentación a ojear el asteroide mientras elucubras: “y cómo andará?”. Un zoom a tu mano derecha mientras va dejando caer clicks de ratón. Ahora es la pantalla quien te mira y no al revés. Te frunces, pero no te concentras mientras lees, porque hay moros y cristianos. Divagas, saltas a otros blogs, regresas y vas, te detienes, te enfocas, te prolongas.
Almuerzo, así de simple, almuerzo.
Respiras, juegas.
Te prometes regresar temprano a la noche, vuelves a repetir el ritual de la tarde. “…suena la sirena, de vuelta al trabajo…”
Estás espesa.
El teléfono.
“Ride like the wind” en el iTunes.
El mail de aquella que no te escribía de hace tiempo.
Esa bruja verde que se le ocurre hacer cambios a última hora.
La sonora risotada por algo que los demás no le encuentran sentido.
El teléfono otra vez.
El “Safari” saltando por aquí y por allá, bajando alguna “cosa útil”.
El alien que te visita.
Dejas de estar espesa.
Una que otra llave/clave/signo que se asoma tímidamente.
Un jodido proyecto pendiente de entregar, de cumplir, una fecha retrasada.
“Black” en el iTunes.
Un atardecer que no pudiste ver.
Esto se acaba.
En el cubo de 4 x 4 x 2 que intenta ser dormitorio te acomodas, la tele, el controlremoto y el reportaje de turno.
Con la pijama puesta exiges traer a la superficie ese recuerdo instantáneo de la mañana. Recreas en tu mente que estuviste a punto de ponerme un comentario, un mail, un mensaje; pero no, te dá pereza, y no te dá pereza… los miedos, los respetos, las explicaciones aclaratorias innecesarias que se contraponen con el deseo de decirme algunas cosas que ya sé pero que no me canso de oírlas. Tu lo sabes. Yo lo sé. …Y de decirme otra cosas que no sé y que te morirías porque las sepa… Y de tu curiosidad por lo mío…
Un mail o un puntodoc parado en la frontera divisoria con un pié en el “send” y otro en el “draft”. Piensas: “dejemos que siga así, más adelante lo resolveré…”, te duele, aunque menos que antes. Es el precio que yo he pagado por abrirte mi ventana de la verdad, mi megaembalse.
Me rezas, y aplicas “las dos cosas”: me quieres y me estás.
Te duermes y sueñas, te arremolinasgiratoriamente.
… ….
Mientras tanto la luna te ve. Yo te veo.
La noche es. Yo soy, y también además soy con ella.
Mientras tanto yo te pienso. Yo te extraño, yo oigo “Why should I cry for you”, yo me drogo, y yo te escribo esto.
Mientras tanto me doy cuenta que otra vez, otra puta y cabrona vez he roto mis propias promesas. heme aquí.
Me relajo, me acuerdo, me sonrío… me hiero, me duelo y me lagrimeo.
Raro.
Inexplicable.
Abstracto.
Distante.
Real.
Intenso.
… …
El día es. La luz es. Yo no soy con ninguna.
Lees esto, lees entre líneas, te frunces, te detienes en este punto, si, justo aquí, para deshojar margaritas.
No sé si ese mail me llegará………
Quizás ahora estés leyendo todo otra vez desde el principio.

