Siento en la piel
los alaridos mortales que das.
Traspasas tu agonía hacia todo aquello
que hace minutos era resplandor.
Poco antes del final, viertes tu sangre
y tiñes las nubes, cambiándolo todo
en silencio y melancolía.
Me quedo sentado, observándote,
y sabiendo que tendré que esperar
largas horas de penumbra
para vivir tu resurrección.
